jueves, 7 de marzo de 2013

ABDUCCIÓN, Alfonso Sánchez Arteche *


ABDUCCIÓN

Alfonso Sánchez Arteche


Eras tú, Romualdo Vences, con tu cara de tubérculo recién extraído del suelo, con tu barba cerrada y tus cejas lampiñas de oruga sonrosada y tus ojos oblicuos enrojecidos de rabia y tu tabique nasal chueco; el mismo tipo que hace diez años se esfumó luego de abandonar su casa para ir al trabajo, el mismo al que dejaron de ver su esposa y sus tres hijos, al que se buscó inútilmente en aquella época en que la gente no desaparecía con tanta facilidad, el mismo inconfundible tipo misterioso que no se llevaba con nadie en la oficina ni congeniaba con los vecinos, pero cuya repentina pérdida causó tal conmoción; el mismo con el que me volví a topar en la calle de Montevideo esquina con Guayaquil, el mismo diez años más viejo al que reconocí casi con alegría y que reaccionó como solamente Romualdo Vences podría haber hecho.

Porque únicamente tú, Romualdo Vences, sujeto primitivo y bestial, eras capaz de apartarme de un empellón en el rostro y salir huyendo hacia un callejón oscuro, cuando yo no deseaba otra cosa que informarte acerca de lo que pasó en este tiempo de tu ausencia, cuando tu esposa se cansó de buscarte, emprendió y ganó el juicio por abandono de hogar para volver a casarse con un antiguo novio, quien se hizo cargo de la educación de tus hijos hasta que se bastaron a si mismos y a su vez se casaron, porque en diez años pueden pasar muchas cosas, Romualdo Vences, y todo eso quería contarte, aunque también tenía la curiosidad, Romualdo Vences, de saber lo que fue de ti mientras tanto.

Eso pensaba cuando, sin salir de mi sorpresa, corría hacia este callejón oscuro, navaja en mano por si decidías atacarme, con la certeza de que no hallarías manera de huir porque te habías metido en una especie de ratonera formada por la parte posterior de varios edificios, que servía de estacionamiento y, a veces, de basurero y excusado clandestino, pero a la que nada más daban alguna ventanas demasiado altas para poder escalar hasta alguna de ellas, y por eso te seguí sin temor, porque tú no sabes, Romualdo Vences, lo impulsivo que puedo ser cuando me propongo algo, y esta vez también me movía mi amor propio herido.

Me asomaba apenas a la boca del callejón cuando, a la luz de la luna, reconocí tu sombra frente al muro del fondo, escuché claramente los tres golpes espaciados que diste con el puño cerrado en el aplanado de concreto y vi también con sobresalto como la pared se abría lo suficiente para que entraras, envuelto tu cuerpo en un resplandor eléctrico que me erizó la piel, porque realmente me pareciste en ese momento un ser espectral capaz de traspasar las construcciones más sólidas, pero yo no creía en fantasmas y por eso caminé con decisión hacia el sitio que se había fracturado para que entraras, porque no me iba a quedar con la duda, Romualdo Vences.

Repetí con el puño los tres golpes y, para mi extrañeza, el muro se volvió a abrir, aunque no podía ver hacia su interior porque una luz enceguecedora me deslumbraba, y fue entonces cuando salté rápidamente antes de que se volviera a cerrar y una vez adentro la abertura desapareció y con ella la aureola que arropaba los cuerpos en el momento de entrar, pero quedé en una oscuridad que me pareció total hasta que se fue disipando poco a poco y distinguí tu figura avanzando a grandes zancadas, Romualdo Vences.

La silueta oscura de otro individuo te detuvo y ambos iniciaron una plática susurrante. Entre tanto advertí que no se trataba de un túnel cilíndrico sino de una caverna sinuosa, con oquedales lo bastante amplias para avanzar sigilosamente y hurtar el cuerpo al advertir algún peligro. De esta manera me aproximé a ustedes lo bastante para escuchar un gorgoteo indescifrable y para descubrir que ese hombre con el que charlabas, Romualdo Vences, era otro Romualdo Vences.

Fue tal mi asombro que caminé unos pasos y en ese momento se cruzó frente a mí un tercer Romualdo Vences que alzó la mano en señal de saludo. Los otros dos volvieron la vista hacia nosotros y también nos saludaron. Y continuaron su charla sin que mi presencia los alarmara, Romualdo Vences.

Un doloroso presentimiento hizo que me llevara las manos a la cara solamente para descubrir que mi rostro era el tuyo, Romualdo Vences, con las mismas protuberancias de tubérculo, las mismas cejas lampiñas, la misma barba cerrada. En ese momento quise gritar, pero únicamente salió un gorgoteo sordo de mis labios. Tú y los otros me vieron con aire de extrañeza pero prosiguieron conversando. Luego sonó una chicharra y decenas de romualdos vences aparecieron caminando en una u otra dirección. Observé que a pesar de la oscuridad no tropezaban entre ellos. Y caí en la cuenta de que quienes avanzaban hacia la derecha tenían uniforme azul y los que iban hacia la izquierda llevaban uniforme castaño como el mío, Romualdo Vences.

No sé si valga la pena seguirte llamando así, porque alguna fuerza sobrenatural te ha reproducido tan incontables veces que ignoro cuál de entre tantos seas el real. Cuando uno de los tuyos, uniformado de negro, se precipitó hacia mí para hacerme entrar en el redil que me correspondía, vi que a mi costado una hendidura se abría y corrí hacia ella, le di un empellón en la cara al Romualdo Vences que entraba en ese momento y salté hacia la luz. Estaba de nuevo en este callejón oscuro entre las calles de Montevideo y Guayaquil. Tuve la esperanza de haber recuperado mis facciones originales, pero después de un rápido toqueteo advertí que seguía siendo cualquier Romualdo Vences.

Quise pedir ayuda pero no salió de mi garganta más que ese sonido gutural. Ahora estoy en esta cerrada inmunda pensando en lo que puede ocurrir conmigo. Ni en mi casa ni en la oficina me reconocerán y tampoco podré explicarles lo que me pasó.
Pienso como yo, como Ricardo Llorente, pero hablo y mi voz es la balbuciente de los romualdos vences que viven en esa vecindad subterránea y trabajan como esclavos de no sé quién con no sé qué propósitos incomprensibles. He caminado hacia el muro por el que te introdujiste al anochecer y, antes de que amanezca, golpearé tres veces para que la fisura de luz se abra y trabajaré hasta el fin de mis días en lo mismo que tú, Romualdo Vences, y tus iguales.
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*Hubo quien se quejó conmigo de que el tamaño de la letra era prácticamente ilegible; por eso les coloqué esta versión; gócenla.

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